Haciendo reír a Dios

 

Lo tenía decidido: me iba a vivir a Madrid. No sabía muy bien de qué iba a trabajar, o lo que iba a pasar con lo que tenía que dejar en Buenos Aires. Lo curioso es que me había prometido no volver a irme de Argentina hacía bastante poco. Mi abuela María me dijo una vez: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes“, así que ahí estaba yo… yéndome a vivir a España y la Divinidad riendo, por supuesto.

Era el año 2003, y aunque me iba “por amor”, me puse a pensar en que esta vez era la definitiva, y en un montón de situaciones que hoy me parecen cómicas: luego de vivir 8 años casi en España, volví a Buenos Aires… sólo para irme a Noruega cinco años más tarde; diría que esta vez es “para siempre”, aunque me imagino a Dios riendo a carcajadas y se me pasa.

Mientras ordenaba papeles en mi casa decidiendo qué se venía conmigo y qué no, qué valía la pena conservar y qué tirar… me crucé con la partida de casamiento de mi bisabuelo en ese pueblito de Chieti (Italia). Se me ocurrió una idea bastante peregrina y poco clara: buscar a mi familia de origen.

Empecé a preguntarme por los “cómo” y decidí digitalizar unas fotografías desde mi bisabuelo Antonio hasta mis hermanos y yo. Armé un árbol genealógico con todo lo que sabía del Casanova que había venido de Europa y las tres generaciones a las que había dado fruto en Argentina. Después de un cuaderno Rivadavia lleno de flechas, suposiciones, fechas y nombres armé una crónica de todo lo que sabíamos de aquel trabajador de la tierra que había llegado con su mujer a descubrir el mundo.

Esa carta terminó teniendo doce páginas de largo y la fui ilustrando con más de una veintena de fotos que cubrían más de un siglo de historia de la familia, hasta donde la conocía y por lo que mi tío Jorge había podido ayudarme a reconstruir. Para ese entonces, mi querida abuela María ya había muerto y la generación de mis padres se había convertido en la cabeza viva del clan: nos íbamos agotando.

No tenía mucha idea de qué hacer después, así que decidí buscar en las páginas blancas italianas a los Casanova que vivieran en ese pueblo de Chieti a orillas del Adriático, si es que había alguno.

Para mi sorpresa, di con once nombres, teléfonos y hasta direcciones postales a través de las casi hoy extintas “pagine bianche”. Hoy, en la era de la comunicación móvil y digital quizá los habría buscado por Facebook, aunque no con la misma precisión de este registro.

Mi idea, otra vez enorme y un poco atolondrada, enviar esta carta a todos los Casanova que vivieran en Ortona, con la esperanza que alguno de ellos pudiera darme alguna referencia de mi bisabuelo, que pudiera contarme qué sabía de aquel rebelde que se había casado allí y partido a Argentina quien sabe cómo y cuándo.

Después de pedirle a una traductora pública que transformara el texto a un italiano coloquial, y descubriendo cuánto mejor sonaba lo que había escrito en la lengua del Dante junto con la proeza de esta genia de las letras, le pedí a un amigo en Madrid que imprimiese copias para enviar a cada dirección y que las remitiese por correo certificado para poder confirmar que llegarían a cada una de esas casas.

Feliz, como quien pide un deseo, dejé que esos sobres partiesen a destino y ya no esperé más nada.

Unas semanas más tarde, recibo un correo electrónico seguido de una llamada de teléfono. La persona que decidió contactarme no podía esperar a que viese el mensaje. Su nombre era Anna María, casada con Rocco Casanova, uno de los nombres de la lista. Por el impecable italiano de mi impreso, suponía que yo podía hablarlo y escribirlo magistralmente. Por supuesto, como sucede en estos casos, nos gritamos mutuamente, hablando despacio, repitiendo las palabras difíciles dos veces y subiendo el tono de voz como si eso garantizara que los conceptos fueran a atravesar la barrera idiomática. Ella no entendía ni castellano ni inglés, yo no hablaba italiano. Nos gritamos en los tres idiomas por unos diez minutos y terminamos los dos llorando de emoción.

Sí, éramos parientes.

Mi bisabuelo era parte de la increíble anécdota del tío que se casa con la mujer equivocada del pueblo y huye a Nápoles con ella para subirse un barco e irse a “hacer la América”. Como se va del pueblo enojado con su familia y la de su reciente esposa, corta contacto con todos y para siempre.

De pronto, a través de una carta de doce páginas de largo con una veintena de fotografías que recopilaban más de cien años de historia, acababa de llenar el espacio vacío que quedaba en la anécdota del primer Casanova que se había ido del pueblo y jamás se supo más de él.

Me dice que tiene que cortar, que necesita hablar con los hermanos y la hermana de su marido, que tienen que saber esto “rapidamente” (léase con acento italiano, por ello sin acento).

Nos preguntamos, suponemos, finalmente aclaramos algo que me emociona aún más: todos los Casanova que aparecían en la guía de ese pueblo junto al mar eran parientes entre si, por ende parientes de los descendientes de Antonio. El árbol allí tenía como cuarenta miembros, y de este lado más de cien, más que un árbol un verdadero bosque.

Los primos, en no se qué grado, de mi padre (hijos de los hijos de los hermanos de mi “bisnono” Antonio) eran algo mayores que mi padre y su hermano. Entre la generación siguiente había un Gianluca de casi mi misma edad con un parecido físico sorprendente. Me cuenta mi tía que más allá de la descripción y el árbol genealógico, mis fotografías la dejaron anonadada y le dieron la certeza de que esto no era un engaño elaborado. Ya que estamos hablando de argentino hablando con italianos, todo era posible.

Unos meses más tarde llegaba a ese pueblo de veinte mil habitantes, y organizaban una cena en un salón, con todos los Casanova del pueblo y sus amigos más cercanos. Uno de ellos es viñatero, otro se dedica al pescado, uno hace el aceite de oliva y las mujeres cosechan los tomates para hacer conservas y salsas para todo el clan. Mis primos se dedican a la educación, las matemáticas o están por irse a estudiar a Bologna o Milán; todos viajaron para conocer al “cugino argentino” (primo argentino).

Esa noche, mientras comemos pasta casera hecha en casa, con salsa de tomates del huerto, aceite de oliva propio, con mejillones pescados esa misma mañana; me cuentan la mañana en la que recibieron las cartas, llamándose los unos a los otros, celebrando que finalmente sabían que había pasado con el tío Antonio que se había ido del pueblo en 1895. La familia se había triplicado para ellos tan solo al abrir un sobre.

El plan de mi bisabuelo había sido cortar todo lazo con la familia, mi plan había sido tantear en la oscuridad y luego volver a unirla. A veces la vida es un círculo, lo que ocurre es que desde nuestra perspectiva quizá es aún una línea recta. Todos somos parte de algo más grande.

Al escuchar reír a mis tíos en la mesa, al verlos caminar luego hacia sus casas, inclusive alguna canción sobre los macarrones cantada con unas copas demás… volví a tener cinco años. A mediados de los setenta, las navidades en la casa de mi abuelo Domingo y mi abuela María (que Antonio había construido con sus manos) estaban llenas de los hermanos de mi abuelo que aún vivían. El corazón me dio un par de saltos mientras me adaptaba a lo que estaba viviendo: eran ellos, era yo, éramos todos juntos, era el pasado aquí y ahora… canción sobre los vagones de macarrones y todo. Yo estoy seguro que, en ese momento, Dios estaba riendo.

 

12 comentarios en “Haciendo reír a Dios

  1. ayyyy querido Lucas!!!!! me hiciste reir, recordar, emocionarme, llorar, recordar a mi nono Agustín, recordar la vez que fui a conocer su pueblo Campobasso en el sur de Italia…yo también conoci a los primos… sin dudas somos parte de algo más grande. Gracias, gracias, gracias por compartir . Leerte es leerme. Gracias y bendiciones para vos y ese familión de italo-argentinos!!!!!

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  2. Lucas me llegó este texto por medio de una amiga…. Y entiendo perfectamente lo que describís yo también he peregrinado para conocer a mi familia paterna a sido increíble y leer que vos y algunos más también andan en lo mismo es mágico…. Gracias por compartirlo

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  3. Lucas: hace poco que te “descubrí” en Facebook y todas tus publicaciones me ayudan en la reflexión y me acompañan en el día a día. Siempre precisas, acertadas, cotidianas.
    Como vos decís Yo soy otro tú, Vos sos otro yo…

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